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Ambito IV Bestiario y Quimeras  


Las estampas que conforman este ámbito plantean un bestiario moderno como un espejo crítico de la condición humana: los animales y quimeras sustituyen a los hombres para evidenciar la degradación de su conducta moral. No se trata de fábulas inocentes, sino de espejos deformantes donde la necedad, la vanidad y la superstición revelan su auténtico rostro.


En este universo, Goya construye un teatro moral en el que lo humano y lo animal se confunden. Las quimeras —mitad hombres, mitad bestias— representan el tránsito entre la razón y el instinto, entre lo real y lo monstruoso. Dos siglos después, Salvador Dalí retoma ese espejo y lo tiñe de color, deseo y delirio, transformando la sátira en visión onírica y la crítica moral en una metamorfosis imaginaria.
En Bravísimo! (n.º 38), Goya convierte al asno en emblema de la estupidez humana: un animal que toca la guitarra por el lado sin cuerdas, sátira de quienes presumen de lo que desconocen. Dalí, en No (n.º 38), introduce tonalidades amarillas y azules y figuras sexuales  que evocan el erotismo. El burro adquiere una dignidad trágica, como si la ignorancia misma reclamara su lugar en el escenario del mundo.


En Miren que grabes! (n.º 63), dos fieras monstruosas cargan sobre sus lomos a hombres que encarnan el abuso de poder y la corrupción moral. Goya los presenta como “reyes” alabados por un pueblo sometido. Dalí titula su versión Goya (n.º 63) y la convierte en un carnaval infernal dominada la figura principal por el color amarillo y el fondo azul: las bestias se transforman en símbolos del fanatismo y la tiranía perpetua.


Se repulen (n.º 51) muestra a un monstruo alado que se corta las pezuñas, ironizando sobre la vanidad de los poderosos. Dalí, en Lima de los dientes (n.º 51), como si no fueran suficientes las criaturas creadas por Goya, ubica sobre la escena una cabeza amarilla, desmesurada, de boca abierta y colmillos visible, suspendida  como un espectro que vigila desde lo alto.


En Duendecitos (n.º 49), Goya caricaturiza al clero como pequeños demonios y frailes  beben el vino del diezmo del pueblo. Dalí interpreta la estampa como Caballones de cabra (n.º 49), donde unos labios carnosos flotan sobre la composición, dejando ver dientes blancos como barrotes. La ironía se vuelve visión apocalíptica: el pecado y la avaricia se animalizan hasta borrar todo rastro de humanidad. 


En Bestiario y quimeras, el espejo roto del hombre revela su doble naturaleza. Goya lo enfrenta a la degradación moral del ser humano de su tiempo, mientras Dalí lo arrastra al territorio del deseo y el delirio. Ambos recuerdan que, en el fondo, la bestia y el ángel habitan el mismo cuerpo.

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