top of page

Ámbito III. El vuelo de los fantasmas

Las estampas seleccionadas en este ámbito se adentran en un mundo donde brujas, espectros nocturnos, frailes deformados y criaturas aladas sobrevuelan la vida cotidiana. Son alegorías de un poder religioso que perpetúa supersticiones y gobierna a través del miedo. 


Este ámbito reúne dieciocho estampas en las que Francisco de Goya denuncia la continuidad de los rituales mágicos y los temores colectivos manipulados por el poder eclesiástico. Dos siglos después, Salvador Dalí convierte las estampas en un espacio de delirio existencial. 


Comentamos algunas que se destacan por la fuerza formal y conceptual del discurso visual. En Mucho hay que chupar (n.º 45), Goya representa a un personaje siniestro conversando con un grupo de brujas que parecen comercializar una canasta de fetos situada a la derecha, una imagen de la corrupción moral y el parasitismo social. Dalí, en Mucho hay que existencializar (n.º 45), añade a los rostros  tonos verdes, ocres y violetas, enlazando las figuras con líneas negras que sugieren una red invisible de dependencia mutua. En Obsequio al maestro (n.º 47), unos frailes  ofrecen dádivas serviles a una imponente figura a la que besan la mano. Dalí, en Ponte de rodillas (n.º 47), acentúa el gesto ritual mediante una boca flotante en el fondo, posible emblema de la sumisión convertida en culto.


Sopla (n.º 69) retrata a los participantes de un conjuro envueltos en humo y tensión; las siluetas deformadas expresan el frenesí del fanatismo. Dalí la transforma en Melancolía sórdida (n.º 69), donde cuerpos desnudos, teñidos de rosado, se enfrentan a un espectro que preside un sacrificio. Al fondo emergen dos sombras: una sostiene a dos niños y otra despliega alas doradas sobre el vacío. 


El vuelo de los fantasmas alude a esta doble condición: criaturas que dominan al ser humano y, a la vez, encarnan las tinieblas de la ignorancia. Goya desenmascara la alianza entre clero y superstición; Dalí revela que esos monstruos aún anidan en el subconsciente. Ambos nos enfrentan al espejo más perturbador: el de la razón que, disfrazada de fe, continúa proyectando sus propias sombras.

bottom of page