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Ámbito I. El teatro de las apariencias

La metáfora del teatro domina este primer ámbito: hombres y mujeres se representan como actores que exhiben virtudes fingidas mientras, tras la máscara, laten la avaricia, el deseo, el engaño, la ignorancia o la superstición. Goya, auténtico dramaturgo visual, levanta el telón de un escenario donde la moral se desmorona y la risa se mezcla con la tragedia.


El discurso museográfico propone un diálogo entre las estampas de Francisco de Goya y las reinterpretaciones que Salvador Dalí realizó casi dos siglos después. Las obras se disponen una junto a la otra para propiciar un juego de miradas entre razón y delirio, crítica y sueño. 
En la España de fines del XVIII, Goya convierte el aguafuerte y la aguatinta en instrumentos de pensamiento visual; Dalí, entre 1973 y 1977, las reinterpreta con heliograbados en color en su serie Les Caprices de Goya, incorporando símbolos oníricos y acentos propios que amplifican la teatralidad de las estampas originales.


El recorrido reúne una selección de cuarenta y cuatro estampas que ejemplifican estos planteamientos y abre con el núcleo filosófico de Los Caprichos titulado El sueño de la razón produce monstruos (n.º 43). Goya se autorretrata dormido, abrumado por los pensamientos, rodeado de búhos, murciélagos y un gato: emblemas de la irracionalidad. Dalí intensifica la escena vistiéndolo con un traje rojo brillante y calzas azul grisáceas, y enciende los ojos de los búhos con un amarillo cobrizo; sobre el objeto cuadrado que se apoya el personaje añade una figura que sugiere movimiento, aludiendo al equilibrio entre lucidez y delirio.


Entre las imágenes más elocuentes sobre la hipocresía conyugal, El sí pronuncian… (n.º 2) y ¿No hay quien nos desate? (n.º 75). Dalí las convierte en escenas de teatralidad cromática: en A las primeras 18 sillas de mimbre (n.º 2) colorea a los personajes con rosados y amarillos y despliega relojes blandos como emblema del tiempo fingido; mientras que en Los relojes blandos (n.º 75) no aparecen estos relojes, sino un gran búho azulado que se posa sobre la pareja enlazada, con una manzana roja que vuelve el amor alegoría de tiempo y culpa.


En Subir y bajar (n.º 56), Goya, mediante el uso del aguatinta sobre toda la superficie de la estampa creó una escena oscura en la que caen los perdedores refiriéndose a la inestabilidad moral: una figura es alzada entre humo y fuego por un ser híbrido -un sátiro-, metáfora de la corrupción y el ascenso a cualquier precio. Dalí reinterpreta la imagen como visión apocalíptica: aviva el fuego en la cabeza y las manos del personaje y abre un horizonte de figuras surreales que anuncian la caída del hombre en su propio abismo.

En las estampas que conforman este primer ámbito, Goya desnuda los hábitos más arraigados de su tiempo: los matrimonios de conveniencia (¡Qué sacrificio!, n.º 14), la ignorancia (Esto sí que es leer, n.º 29) y la falsa educación (Si quebró el cántaro, n.º 25); la prostitución (Todos caerán, n.º 19), la violencia contra la mujer (Que se la llevaron, n.º 8), la hipocresía (Nadie se conoce, n.º 6) y los vicios (Ya van desplumados, n.º 20). Cada estampa es una escena grotesca en la que los personajes actúan movidos por intereses ocultos, incapaces de reconocer la verdad entre las sombras. Su crítica no moraliza: despierta.


Así es como Goya denuncia las apariencias y Dalí las replantea desde el sueño y la provocación.

Del grabado a la estampación en Los Caprichos de Goya y Los Caprichos de Goya interpretados por Salvador Dalí


Entre 1797 y 1799, Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, 1746 – Burdeos, 1828) concibió Los Caprichos, una serie de ochenta grabados al aguafuerte y aguatinta que marcaron un punto de inflexión en la historia del arte europeo. Surgida en el contexto de la Ilustración española —movimiento que defendía la razón, la educación y el pensamiento crítico frente al fanatismo y la censura del Antiguo Régimen—, esta serie representa una reflexión moral y filosófica sobre la condición humana.


Goya transformó el grabado, hasta entonces un medio artesanal y decorativo, en una herramienta de pensamiento visual. Fue un maestro absoluto de las técnicas de su tiempo: el aguafuerte, en el que el ácido “muerde” el metal donde el artista ha dibujado; la aguatinta, que permite crear veladuras y sombras mediante resina en polvo; la punta seca y el buril, con los que obtenía líneas vibrantes y precisas; y el bruñido, con el que suavizaba zonas para generar efectos de luz.


Su método de trabajo combinaba precisión y libertad. Partía del dibujo —a pluma o sanguina—, realizaba múltiples “pruebas de estado” para ajustar la composición y finalmente enviaba la plancha a un grabador especializado para inscribir los títulos. Las imágenes de Los Caprichos surgieron de más de ochenta dibujos preparatorios incluidos en los Álbumes de Sanlúcar y Madrid (1796–1797). El término capriccio, usado en el siglo XVIII para designar obras guiadas por la imaginación, fue reinterpretado por Goya con un sentido moral y satírico: su fantasía no buscaba deleitar, sino despertar la conciencia social.


En 1799 publicó una edición de 300 ejemplares estampados en la Real Calcografía Nacional. Sin embargo, las críticas al clero y la nobleza provocaron la intervención de la Inquisición, y Goya retiró la serie de la venta, entregando las planchas al rey para proteger su obra.

Como señaló Valeriano Bozal, Goya no solo otorgó al grabado una dimensión filosófica, sino que impulsó una meditación plástica revolucionaria: su arte participó de un proceso de universalización estética y moral, capaz de expresar las tensiones y la crisis en que nacía el mundo contemporáneo. 
Casi dos siglos después, Salvador Dalí (Figueres, 1904 – 1989) reinterpretó Los Caprichos desde una mirada surrealista. Entre 1973 y 1977 realizó réplicas exactas de los ochenta grabados mediante heliograbado, un proceso fotográfico sobre plancha de cobre que revolucionó la gráfica. Esta técnica le permitió reproducir fielmente las imágenes originales e intervenirlas con color, símbolos oníricos y un lenguaje visual propio. Cada estampa fue impresa en los talleres Rigal de Fontenay-aux-Roses (Francia) en una edición numerada de 200 ejemplares, firmada y publicada por Berggruen Editions (París).


Dalí modificó los títulos originales, añadió figuras y reinterpretó las composiciones desde su universo psíquico, sin borrar la firma de Goya, sino colocándola junto a la suya en un gesto de continuidad histórica. Como explica el investigador Juan Carlos Flores Zúñiga, el artista catalán trazó sobre los Caprichos “imágenes de su subconsciente, de un talante provocador y absurdo”, ampliando así su alcance simbólico. 


Los Caprichos de Goya y las reinterpretaciones de Dalí celebran, en definitiva, el poder del grabado como lenguaje universal: del metal y el ácido al color y la metáfora, del siglo XVIII al XX, ambos transformaron la técnica en pensamiento y la imagen en conciencia.

Los Caprichos de Goya: del grabado a la estampación


Entre 1797 y 1799, Francisco de Goya y Lucientes (Fuendetodos, 1746 – Burdeos, 1828) concibió Los Caprichos, como una serie de ochenta grabados al aguafuerte y aguatinta que revolucionaron el arte occidental. En plena Ilustración española —época marcada por el debate entre la razón, la superstición y el control de la Inquisición—, Goya encontró en el grabado un medio de pensamiento visual y crítica social. A través de imágenes llenas de ironía, fantasía y denuncia, transformó la estampa en una herramienta de reflexión sobre la condición humana.


Los Caprichos de Francisco de Goya fueron concebidos, como era costumbre en el siglo XVIII, en forma de álbum estampas encuadernables que difundían ideas morales y satíricas. Estas ediciones, de pequeño formato 21 × 15 cm fueron creadas en plena Ilustración española —época que exaltaba la razón frente al fanatismo y la censura—,


Goya fue uno de los grandes maestros del grabado europeo. Dominó todas las técnicas de su tiempo: el aguafuerte, la aguatinta, la punta seca y, más tarde, la litografía. En palabras de los especialistas, el grabado fue para él “la forma más directa y democrática de conectar con sus contemporáneos”, liberando esta práctica del carácter decorativo o artesanal que tenía en el siglo XVIII para convertirla en un lenguaje moderno y libre.


El origen de Los Caprichos


El término capriccio —que en italiano designa una obra guiada por la imaginación o el antojo— ya había sido utilizado por Giovanni Battista Tiepolo en el siglo XVIII. Goya retoma esa idea, pero le da un giro satírico: su fantasía no busca deleitar, sino despertar. Los Caprichos surgen en una España atravesada por la desigualdad, la ignorancia y la represión religiosa, y Goya los concibe como un espejo crítico de la sociedad.


El artista elaboró primero una serie de ochenta dibujos preparatorios, muchos de los cuales pertenecen a los llamados Álbumes de Sanlúcar y de Madrid (1796–1797), donde ya aparecen los temas de la superstición, la prostitución, la educación hipócrita y los abusos de poder. Estas imágenes evolucionaron hasta transformarse en las planchas de cobre que hoy conocemos como Los Caprichos.
En 1799, Goya presentó la serie al público mediante una edición de 300 ejemplares, estampados en la Real Calcografía Nacional de Madrid. Se vendían en una perfumería situada en la calle del Desengaño —la misma donde vivía el artista— al precio de 320 reales. Sin embargo, la crítica al clero y a la nobleza provocó la reacción de la Inquisición. Temiendo represalias, Goya retiró las estampas de la venta poco después y entregó las planchas al rey, asegurando así su conservación.


Técnica e innovación visual.  El proceso del grabado


Para crear cada estampa, Goya utilizó una combinación precisa de técnicas.
El modo de trabajo fue meticuloso y experimental. Comenzaba con un dibujo lineal (pluma o sanguina) que luego traducía al aguafuerte dibujando con una punta metálica sobre una plancha de cobre recubierta de barniz. Luego sumergía la lámina en ácido, que “mordía” el metal en las zonas descubiertas: este es el proceso del aguafuerte.


Después aplicaba una capa de resina en polvo y volvía a sumergir la plancha en ácido: así obtenía los tonos y sombras característicos de la aguatinta, un método que da textura y profundidad. Finalmente, retocaba los detalles con punta seca, buril o bruñido, logrando luces, brillos y veladuras. Una vez terminada la imagen, enviaba la plancha a un grabador especializado para inscribir los títulos.


Durante este proceso, Goya realizaba numerosas “pruebas de estado”, impresiones intermedias que le permitían observar el avance de la imagen y modificarla si era necesario. En algunas de esas pruebas, aún sin título grabado, se conserva la escritura manuscrita del propio artista, lo que permite entender su pensamiento técnico y visual.


Se imprimieron alrededor de 300 tiradas, ofrecidas al público en 1799 desde una perfumería madrileña, aunque fueron rápidamente retiradas ante el temor a represalias de la Inquisición. El propio Goya donó las planchas y las copias restantes al rey Carlos IV para protegerse de posibles censuras.


El grabado en el mundo


El arte del grabado tiene una larga historia. En Occidente, surgió en la Baja Edad Media como medio para difundir imágenes religiosas y conocimientos, y alcanzó su esplendor con maestros como Rembrandt, precursor del expresionismo gráfico. En Oriente, floreció en Japón durante el Período Edo con los grabados ukiyo-e, que representaban escenas cotidianas y paisajes.


Goya, consciente de esta tradición, la renovó desde España dotándola de una voz crítica, convirtiendo el grabado en arte autónomo y no en mera reproducción.


El universo simbólico y moral de los Caprichos

 

Las imágenes de la serie se organizan como una secuencia de escenas satíricas, alegóricas y oníricas que reflejan los vicios y contradicciones humanas: la vanidad, la codicia, la lujuria, la ignorancia, el abuso del poder y la superstición.


Goya recurre a figuras híbridas y grotescas —animales humanizados, brujas, frailes, mendigos, nobles deformes y mujeres engañadas— para construir un universo simbólico donde lo real y lo fantástico conviven en tensión.


El artista acompaña cada estampa con títulos y leyendas breves que oscilan entre la ironía, la ambigüedad y el absurdo: frases como “El sueño de la razón produce monstruos”, “Qué sacrificio” o “Nadie se conoce” invitan a una lectura múltiple. Detrás del humor y el sarcasmo late una profunda reflexión ética y filosófica sobre el ser humano, su deseo, su miedo y su irracionalidad.


Ironía, ambigüedad y crítica social


La ambigüedad de los mensajes de Goya —en apariencia humorísticos, pero cargados de denuncia— le permitió sortear la censura inquisitorial y comunicar verdades incómodas bajo la apariencia del ingenio. 


El propio Goya escribió en el prólogo de la edición:
“La censura del hombre y la crítica de sus errores son objetos dignos del arte”.
Así, Los Caprichos no solo critican los defectos individuales, sino también las estructuras colectivas de poder. La Iglesia, la nobleza y el clero aparecen retratados como símbolos de la decadencia moral y la represión intelectual. Frente a ellos, Goya reivindica la autonomía de la razón y del pensamiento libre, alineándose con los ideales ilustrados que anunciaban la modernidad.


Hoy, más de dos siglos después, Los Caprichos mantienen intacta su vigencia. Sus imágenes continúan interrogando al espectador contemporáneo sobre los límites de la razón, la persistencia del prejuicio y las sombras del poder. En ellas, Goya no solo reflejó los males de su tiempo, sino que anticipó las contradicciones de la modernidad, abriendo el camino a una nueva conciencia artística y humanista.

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