

Francisco de Goya y Lucientes
(Fuendetodos, Zaragoza, España, 1746 – Burdeos, Francia, 1828).
Francisco de Goya y Lucientes es considerado uno de los artistas más influyentes de la historia del arte occidental. Su vida y obra marcaron la transición entre el arte clásico y la modernidad, anticipando muchos de los lenguajes expresivos que dominarían los siglos XIX y XX. Pintor de reyes y cronista de su tiempo, Goya fue un observador agudo de la condición humana y un testigo privilegiado de las luces y sombras de la España ilustrada.
Orígenes y formación
Nació el 30 de marzo de 1746 en Fuendetodos, pequeño pueblo de su familia materna. en Zaragoza. Hijo de una familia modesta, Braulio José Goya, dorador, de ascendencia vizcaína, y Gracia Lucientes, de familia campesina acomodada, residían en Zaragoza, donde contrajeron matrimonio en 1736. Francisco fue el cuarto de seis hermanos: Rita (1737); Tomás (1739), dorador también, citado a veces como pintor; Jacinta (1743); Mariano (1750), muerto en la infancia, y Camilo (1753), eclesiástico y capellán desde 1784 de la colegiata de Chinchón.
Desde joven mostró inclinación por el dibujo y la pintura. Inició su formación en el taller de José Luzán (1710-1785), hijo también de un dorador vecino de los Goya vinculado a la Academia de Dibujo. Se trasladó a Madrid en 1763, siguiendo a Bayeu, que trabajaba en la decoración del Palacio Real. En diciembre de 1763 Goya quiso obtener una pensión de la Academia de Bellas Artes de San Fernando y en 1766 se presentó al premio de primera clase de pintura, aunque fracasó en ambos. En 1770 emprendió un viaje decisivo a Italia, donde estudió el arte clásico y las técnicas del fresco, además de familiarizarse con los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco. En 1771, la Academia de Parma citaba a Goya como “scolaro del Signor Francesco Vajeu” y lo confirmaba él mismo en 1783, con motivo del matrimonio de su cuñada María Bayeu, a la que conocía desde hacía veinte años por haber estudiado “en casa” de Bayeu. En abril de 1771 envió el cuadro "Aníbal vencedor que por primera vez mira Italia desde los Alpes" (Museo del Prado, P008313) al concurso de la Academia de Parma por el que recibió una mención, reseñada en el Mercure de France en 1772. Varios dibujos del Cuaderno italiano copian esculturas clásicas de Roma, un fresco de Giaquinto, así como presentan composiciones propias y las primeras ideas documentadas de cuadros tempranos, algunos pintados ya en España, donde regresó entre mayo y julio de 1771.
Su primer encargo. Ascenso en la corte y madurez artística
De regreso a España en 1771, Goya pintó su primer gran encargo: la bóveda del coreto de la basílica del Pilar de Zaragoza, con la Adoración del Nombre de Dios, de excepcional y moderna grandeza, auto titulándose en esa ocasión “Profesor de Dibujo en esta Ciudad [Zaragoza]” (22 de noviembre de 1772). En 1773 contrajo matrimonio con Josefa Bayeu, hermana de su maestro Francisco Bayeu, lo que consolidó su relación con los círculos artísticos de la nobleza. Goya dejó nuevamente Zaragoza el 3 de enero de 1775, llegando a Madrid el día 10 (anotación en su "Cuaderno italiano") para iniciar su trabajo como pintor de cartones de tapices para la Real Fábrica de Santa Bárbara con el sueldo de 8.000 reales de vellón al año. Recomendado por Bayeu, Goya aseguraba más tarde, orgulloso, que fue Mengs quien le hizo volver de Roma para el Real Servicio, aunque sus primeros cartones, fechados en la primavera de 1775 para la serie ya comenzada con destino al comedor de los príncipes de Asturias en El Escorial, se pintaron según ideas de Bayeu. Los temas representados, elegidos por el rey, eran de caza, que fue la afición más importante del artista a lo largo de su vida. Perros, escopetas y lugares de caza favoritos, a veces en compañía de sus egregios mecenas.Estas composiciones, llenas de color y vitalidad, le otorgaron fama y lo acercaron a la corte.
Entre 1776 y 1778 pintó los cartones para el comedor de los príncipes de Asturias en el palacio de El Pardo con escenas de la vida popular en Madrid, como el "Baile a orillas del Manzanares" (Museo del Prado, P000769) y "El quitasol" (Museo del Prado, P000773), ya de su propia invención, con tipos populares caracterizados con perfección magistral, y divertidas historias cargadas de contenido satírico y moralizante, enlazando con la corriente popular favorecida por la Ilustración. El artista se acercaba más que otros compañeros suyos, en el naturalismo y sentido del humor de sus escenas, a los tipos y situaciones descritos en los sainetes de un amigo de esos años, el autor teatral Don Ramón de la Cruz, mientras que en la caracterización de sus figuras demostraba el mismo conocimiento de tipos y modas que las ilustraciones del grabador Juan de la Cruz, hermano del anterior, en su "Colección de Trages de España”.
Durante la década de 1780 alcanzó gran reconocimiento como retratista, destacándose por su capacidad para captar la psicología de los personajes. Retrató a figuras de la nobleza y de la Ilustración como los duques de Osuna, el conde de Floridablanca y Gaspar Melchor de Jovellanos. En 1780 fue nombrado académico de mérito en la Real Academia de San Fernando, y en 1786 ingresó como pintor del rey Carlos III, cargo que mantendría bajo el reinado de Carlos IV. Goya concluyó ese decenio con su nombramiento como pintor de Cámara (30 de abril de 1789) y con los retratos de los nuevos reyes, Carlos IV y María Luisa de Parma (Madrid, Academia de la Historia).
La transformación interior: sordera y crítica social
Hacia fines del año 1790 aparecieron los primeros síntomas de la grave enfermedad que le sobrevino a principios de 1793, temblores y mareos a los que se refiere en cartas de ese período a Zapater. En 1791 Goya puso dificultades para seguir pintando cartones de tapices a las órdenes de Maella y fue acusado de ello al Rey por Livinio Stuyck, director de la Real Fábrica, aunque la intervención de Bayeu y la amenaza de que se reduciría su salario le hicieron reconsiderar su postura; tras ello el artista comenzó la preparación de su última serie, trece cartones para el despacho del rey Carlos IV en El Escorial, con escenas “campestres y Jocosas”, de las que sólo pintó seis, entre las que destacan "La boda" (Museo del Prado, P000799) o "El pelele" (Museo del Prado, P000802).
Reanudó plenamente su actividad en otoño de aquel año y en 1795, con retratos y cuadros de encargo, como los de la Santa Cueva de Cádiz. Se fecha entonces su acercamiento a Godoy, así como el mecenazgo de los duques de Alba, que dio pie incluso a la moderna leyenda, basada en débiles indicios, de los amores del artista con la duquesa. A la muerte de Bayeu, en agosto de 1795, Goya fue nombrado director de Pintura de la Academia e inició en ese brillante período sus álbumes de dibujos, los llamados "Álbum de Sanlúcar" y "Álbum de Madrid", fechados ahora hacia 1794-1795, sin que se advierta en su técnica segura y delicada rastro alguno de los temblores de su enfermedad. Planteó en ellos las primeras ideas para esas obras maestras de la sátira contra vicios y costumbres de la sociedad que fueron "Los Caprichos", publicados en enero de 1799, y, según su primer biógrafo, L. Matheron, gestados en el entorno de las duquesas de Alba y de Osuna.
Gran parte del año 1796 lo pasó en Andalucía, en Cádiz, donde tuvo casa propia, según Moratín, y en Sevilla, de donde las noticias que llegaban sobre su salud no eran muy favorables. Visitó a la duquesa de Alba en Sanlúcar y pintó el célebre retrato de la dama vestida de negro (Nueva York, Hispanic Society, 1797). A principios de 1797 se encontraba de regreso en Madrid para renunciar a su cargo de director de Pintura de la Academia porque “ve en el dia que en vez de haber cedido sus males se han exacerbado más”. La liberación de las responsabilidades de la Academia determinó los años más prolíficos de la vida de Goya con retratos excepcionales entre los que destacan el de Jovellanos (1798) (Museo del Prado, P003236) y La Tirana (1799) (Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando), y obras como la "Maja desnuda" (Museo del Prado, P000742), documentada en el palacio de Godoy en 1800, y la "Maja vestida" (Museo del Prado, P000741) más tardía, documentada en enero de 1808. Se fechan a fines de ese decenio también los cuadros con Asuntos de brujas para los duques de Osuna, los frescos de la ermita de San Antonio de la Florida y, en diciembre de 1798, el "Prendimiento" para la catedral de Toledo, así como los nuevos retratos reales, María Luisa con mantilla, Carlos IV cazador y el Retrato ecuestre de María Luisa en el otoño de 1799.
Culminó la década de 1790 con el nombramiento de Goya como primer pintor de Cámara, escalón supremo de su carrera cortesana, firmado el 31 de octubre de 1799 por el Primer Ministro, Mariano de Urquijo, y con el sueldo de 50.000 reales de vellón. Goya escribía ese día su última carta a Zapater (fallecido en 1803): “Los Reyes estan locos con tu amigo”. Ese patrocinio real, y de Godoy, siguió durante los primeros años del siglo XIX, iniciándose en junio de 1800 con la espectacular Familia de Carlos IV. En ese mismo mes Goya se había trasladado a su nueva casa de la calle de Valverde n.º 35 y había vendido su anterior vivienda a Godoy, cuyo servicio se hace patente en el Retrato de la condesa de Chinchón (abril de 1800) (Museo del Prado, P007767), en el del ministro con motivo de la Guerra de las Naranjas (1801) (Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando) y en los grandes lienzos alegóricos para la decoración de su palacio (c. 1802-1804), como la Alegoría del Tiempo y la Historia (Estocolmo, Nationalgalleriet).
En 1799 publicó Los Caprichos, una serie de ochenta grabados que constituyen una de las sátiras más penetrantes de la historia del arte. Con ellos, Goya denunció los abusos de poder, la hipocresía, la superstición, la ignorancia y la represión social y religiosa de la España de su tiempo. Su célebre estampa El sueño de la razón produce monstruos se convirtió en un símbolo universal de la lucha entre la razón y la irracionalidad.
Goya, testigo de la modernidad y la guerra
Durante la Guerra de la Independencia española (1808–1814), Goya fue testigo directo de la violencia y el sufrimiento del pueblo. De esa experiencia nacieron obras monumentales como El dos de mayo, Los fusilamientos del tres de mayo y la serie de grabados Los desastres de la guerra, donde expresó su repulsa ante la barbarie y su profunda empatía con las víctimas.
A pesar de su posición como pintor de cámara del rey, Goya mantuvo una postura ambigua ante el poder, explorando las contradicciones humanas y políticas de su tiempo con una mirada crítica y profundamente moderna.
A partir de 1815 el artista se fue alejando de la Corte, sustituido en el gusto del monarca por Vicente López, y se centró entonces en su actividad privada: retratos (Retrato del X duque de Osuna, Bayonne, Musée Bonnat), cuadros para la Iglesia, que había sido fiel mecenas desde su juventud (Santas Justa y Rufina, Sevilla, Sacristía de los cálices de la Catedral, y "La última comunión de san José de Calasanz", Madrid, Padres Escolapios), en los dibujos de los álbumes de ese período, C, D y E, en las últimas láminas de los "Desastres", los llamados "Caprichos enfáticos", y en la serie de los "Disparates".
Vivía Goya aún en la calle de Valverde cuando en 1819 adquirió una casa de campo a las afueras de Madrid, conocida como la “Quinta del Sordo”, que guardaría sus “Pinturas negras”. Desde 1815 vivían en su casa Leocadia Zorrilla y sus dos hijos; la joven, que hacía las veces de gobernanta, era prima de la mujer de su hijo y ha sido considerada por indicios y por algunas referencias de Moratín, ya en Burdeos, como la compañera de sus últimos años, aunque no existen noticias fidedignas al respecto.
Últimos años y legado universal
El 23 de septiembre de 1823 Goya hizo donación de la Quinta a su nieto Mariano. El 2 de mayo de 1824 Goya solicitó del Rey permiso para marchar a Francia a tomar las aguas minerales de Plombières (Vosgos). Desde la llegada a España en abril de 1823 de los Cien Mil Hijos de San Luis, para restituir el poder absoluto del Rey, Goya pudo decidir su exilio, al que se habían visto obligados muchos de sus amigos y familiares. No hay, sin embargo, noticias fiables de su marcha pues los viajes que hizo entre 1824 y 1828 a Madrid desde Burdeos, así como sus cartas al Rey para solicitar su licencia y jubilación, no indican que estuviera perseguido. En febrero de 1824 Goya otorgó un poder general a Gabriel Ramiro para administrar su sueldo como funcionario de palacio y en junio, tras obtener la licencia del rey, marchó a Burdeos.
Goya pintó en París dos sobrios retratos de sorprendente modernidad, los del político exiliado Joaquín María Ferrer y su mujer, y regresó a Burdeos en septiembre, donde se reunió con Leocadia Zorrilla y sus hijos. Tuvo algunos achaques y enfermedades en esos años que, sin embargo, no le impidieron hacer cuatro viajes a Madrid para solucionar sus asuntos y, seguramente, visitar a su hijo y a su nieto. Moratín dio cuenta regularmente a sus conocidos madrileños de la vida y la salud de Goya: “Goya, con sus setenta y nueve pascuas floridas y sus alifafes ni sabe lo que espera ni lo que quiere [...] le gusta la ciudad, el campo, el clima, los comestibles, la independencia y la tranquilidad que disfruta”. Pintó sólo retratos de algunos de sus amigos, como el del propio Moratín (Bilbao, Museo de Bellas Artes), el de Jacques Galos (Filadelfia, Barnes Foundation) y los últimos, pocos meses antes de morir, de su nieto Mariano (Dallas - Texas-, Meadows Museum) y del comerciante Juan Bautista de Muguiro (Museo del Prado, P002898).
Su actividad se centró en obras íntimas, de pequeño formato, como una serie de miniaturas sobre marfil, de las que se conocen algunos ejemplos, con figuras singulares, expresivas y mordaces, que Goya describió como más cercanas a “los pinceles de Velázquez que a los de Mengs” por la libertad y expresiva fuerza de las pinceladas. El período de Burdeos se define, sin duda, por las obras sobre papel, como los dibujos a lápiz negro de los Álbumes G y H, con escenas inspiradas en la realidad y otras en las que recurrió a recuerdos y temas que le habían interesado siempre, como las sátiras contra el clero o sobre el engaño y la locura, y figuras distorsionadas con una estética que precede al expresionismo del siglo XX.
Se apasionó entonces por una técnica nueva, la litografía, y se sirvió del establecimiento de Cyprien Gaulon para imprimir la serie de los "Toros de Burdeos", impresionantes visiones de la “fiesta nacional” que sobrecogen por su gran tamaño y su brutal denuncia de la violencia del ser humano, idea que le había preocupado toda su vida. Cuando murió era apreciado solamente por el pequeño grupo de amigos y familiares que le acompañaron fielmente hasta el final, pues su arte, profundamente individual, estaba lejos de las modas del momento.
Murió en la noche del 15 al 16 de abril de 1828, descrita con realismo estremecedor por Leocadia Zorrilla, y fue enterrado en el cementerio de la Chartreuse en la misma tumba que su consuegro, Martín Miguel de Goicoechea. Años después, los que se creyeron sus restos mortales se trasladaron a Madrid, donde reposan en la ermita de San Antonio de la Florida, bajos los frescos que había pintado en 1798.
Su legado abarca más de setecientas pinturas, casi mil dibujos y trescientas estampas. Obras como La maja desnuda, Saturno devorando a su hijo o las Pinturas negras revelan su mirada visionaria sobre la naturaleza humana y su capacidad para expresar, con dramatismo y poesía, los dilemas de la modernidad.
Hoy, Goya es considerado un precursor del expresionismo y del arte contemporáneo. Su influencia alcanza desde los románticos del siglo XIX hasta artistas del siglo XX como Picasso, Dalí o Bacon. El Museo Goya de Zaragoza y el Museo del Prado en Madrid conservan gran parte de su obra, mientras que museos de todo el mundo —como el Louvre, el Metropolitan o la National Gallery— exhiben sus creaciones, testimonio perdurable de un artista que supo transformar la pintura en conciencia y memoria.
